Mi vida en el teatro ha sido un poco como la de aquellos antiguos cómicos, los Lazy, que ya existían en la Roma imperial. Salían a escena borrachos de vino y de inspiración, mezclando fragmentos de unas obras con otras, saltando del argumento para contar un cuento y, tal vez, no volver jamás. Eran parientes lejanos de los bufones de Shakespeare y de los graciosos del Siglo de Oro. O los amaban o los detestaban, pero nunca podían renunciar a su don. Así he sentido yo también este oficio: resistir, mantenerme firme frente a los embates del tiempo y volar por encima de todo —de la crítica de los listos, de la opinión de los tontos y de los límites que quieren imponernos quienes creen tener un cachito de poder—.